jueves 29 de diciembre de 2011

Trujillo Rock's!


He vivido más de cinco años en Trujillo entre idas y venidas, desde que mamá y papá nos llevaban con mi hermano a la casa de la tía Sofi y jugábamos hasta cansarnos con Norka, mi hermanita. Hasta hoy supe que hoy 29 de diciembre es el día de la ciudad, ignoro demasiadas cosas que no me enseñaron ni en la universidad, que también está ahí.

En Trujillo probé la primera hamburguesa de mi vida, lo recuerdo muy bien, no sé si desde ese instante la convertí en uno de mis ‘fast food’ preferidos. Fue una noche que regresamos con mamá del centro de la ciudad, entonces nos detuvimos a pedir ese pan con carne, huevo, salsas y tomate que veía tan grande, llevamos varios a la casa recuerdo, ¡qué rico día!

En Trujillo me compraron mi primer juguete de cómic, era un Spiderman que no cabía en mis manos (yo no cabía en mi cuerpecito de niño de la emoción) y que no dejé de ver en un estante de la tienda donde habíamos llegado. Compramos dos, uno para Paulo que sonreía con su pañal y chupón. Los tuvimos mucho tiempo, eran indestructibles como ese momento.

A Trujillo fui la primera vez que estuve en una universidad pero a una carrera que no me gustaba, no sé si por mis ganas de ser el malcriado rebelde o el que contradecía pero regresé de Lima para estar entre clases de dibujo y números que llegué a aborrecer al poco tiempo. En esa ciudad saboreé por primera vez el amargo sabor de la derrota en el campo académico y de las decisiones equivocadas. Luego de eso fui a otra universidad en una ciudad calurosa, en la que estuve algo más de un año, en una carrera que terminé, pero por cuestiones del destino, otra vez en Trujillo cuando mi papá se había opuesto a mi regreso en un inicio. Y volví buscando algo, por sentimientos más que por convicción, en ese momento no convine que solo en el futuro uno puede conectar ciertos puntos de la vida, de las decisiones y saber el por qué.

A Trujillo viajaba muchos fines de semana por ver a una chica. Lo increíble de esto es que lo hacía por un impulso que no había sentido antes, no sabía qué pasaba conmigo, me resultó incomprensible que a pesar que me gustaba mucho nunca le dije que quería estar con ella. Y me ponía nervioso al llamarla por teléfono, al ir a su casa a verla, me asustaba la idea de encontrarla con novio. Era extraño, no me pesaba viajar casi 8 horas para verla, me sentía muy bien a su lado pero no le podía decir más, ¡qué molestia saber que la costumbre de ese tiempo era que el hombre tenía que manifestarse! Hasta hoy recuerdo que vimos un partido de fútbol en su casa, jugaban Perú y Brasil, ella detestaba el fútbol y aun así puso el canal y pasamos la tarde viendo el partido. La selección perdió ese día, yo sentí que la perdía también por no decidir, por saber que en muchas etapas que vivimos por diversas razones nos separamos en distancia, sabía que la perdía por estar lejos pero más por no ser valiente y decirle que lo que más deseaba en esos momentos era abrazarla y decirle que la quería.

A Trujillo regresé luego de mi primera derrota académica, ya mencionada, buscando un sueño que no solo era profesional si no que como mucho en esta vida, tenía el rostro de una chica, tenía un aspecto sentimental. Entonces ingresé a la universidad y en esa nueva adaptación no tardó en aparecer el fantasma de la soledad, que me gustaba hasta cierto punto, no sé si me ayudaba a encontrarme como persona, pero que luego de un tiempo llegaba a incomodar, a pasar a convertirse en angustia y en envidia. En esos días pasé mi primer cumpleaños fuera de casa, sin mi familia. Todo pasó tan rápido y se dio como para no ir a casa, esa noche llegó una linda chica con quien compartíamos aula y carrera. Miré al cielo estrellado, la luna linda que alumbraba la noche me dijo que por algo había regresado y que esta vez no iba a fracasar, que la maldición de estar en esa ciudad no era cierta, quizá. La besé sin palabras hasta que desde arriba de las escaleras su papá empezó a llamarla. En Trujillo me enamoré.

En Trujillo y en días difíciles escribí mi primer libro, a mano. Eran canciones y algunas otras cositas, todas para la chica con la que había pasado casi dos años y con la cual ya habíamos terminado. Casi a finales de año y de ciclo como suele ser una costumbre jugamos al ‘amigo secreto’ en un curso de la universidad y por esas cosas raras que tiene el destino su nombre estuvo en mi papel. Se suponía que lo más probable era que nunca más íbamos a estar juntos pero de pronto tenía que regalarle algo. Mi regalo fue más que el libro, donde recopilé los escritos de los buenos tiempos y de los malos, cuando llegó el momento de entregarlo solo vi lágrimas, no solo los de ella, la profesora que estaba cerca no dejaba de llorar.

En Trujillo pasé mi primer año nuevo fuera de casa, en Huanchaco, con mi enamorada de esos días y una amiga que hasta hoy me aconseja. En Trujillo me embriagué por primera vez hasta no saber dónde estaba. No tomé ron con Coca-Cola hasta muchos años después. En esta ciudad me divertí desde el día hasta el siguiente amanecer, hasta romper las botellas de trago porque ya las manos no dan más y escuchar música de los teléfonos celulares porque nos habían cortado la luz eléctrica para ya irnos de la casa donde estábamos.

En Trujillo fui al concierto más romántico (hasta cuando tenía como 22 años) que puedas imaginar. La noche fue perfecta, estaban las canciones que me habían acompañado de adolescente, con las mejores letras que me las sabía de tanto darle vueltas a un casete. Le canté varias de esas melodías al oído a la linda enamorada que tenía, sé que no tengo la mejor voz pero para ella era mucho más que la del cantante e incluía muchos abrazos y besos entre canción y canción.

En Trujillo me decepcioné del amor por primera vez (sé que todos esperamos que si debe existir algo así solo sea una y nada más). Me dolió, lloré amargamente, destrocé algunas cosas que tenía a la mano, pasé mucho tiempo queriendo olvidar, tardé demasiado en entender que parte de querer a alguien también es dejarlo ir y gran parte de quererse uno mismo es no dejarse ir.

En Trujillo hice promesas que cumplí, muchas de ellas ya locas e insensatas, pero soy sincero al decir que si tengo una falta enorme. Me apena un compromiso hecho a un amigo el cual no podré realizar nunca porque se fue sin avisar y no pudimos concretar nada. Hasta ahora cuando voy parece que escuchara su acento selvático al llamar para organizar una reunión de amigos de la universidad. En paz descanses chino.

En Trujillo hay primaveras y primaveras. No iba al corso que hacen por ese motivo, algunas veces por estar en otro plan en otras por aprovechar esos días para viajar. No ha sido mi gusto quizá. Creo que en Trujillo ya no hay muchas primaveras, al menos no en las fechas que debe tocar, hace mucho frío entre agosto y setiembre, pero me encantaba estar entre madrugadas que hacían nacer la mañana con neblina y pequeñas lloviznas, regresando a pie desde el centro luego de haber bailado y tomado hasta cansarme. Recuerdo algunas de esas llegadas a casa con el parabrisas empañado con aquella chica que bailaba como nadie y que hizo que Trujillo sea el lugar donde aprendí a bailar algo de salsa (al menos lo poquito que sé) y no solo sea de baladas rock. El premio eran unos besos súper apasionados de regreso a casa con el taxista de cómplice, ahora creo que el premiado era yo, aprendí a bailar y ella me danzaba con sus rizos rubios una canción con pasión.

En Trujillo aprendí que no es bueno dejar de ir a clases por ir a la playa. Aprendí que no se pueden borrar las inasistencias comprando certificados médicos vendidos por esos tipos que están cerca al Banco de La Nación del centro. Gasté casi todo el dinero que tenía destinado a mis vacaciones para comprar varios de esos que me pedía un profesor para no jalarme de ciclo. Cuando llegué agotado y exprimido de los bolsillos para darle aquel papel falso, que él lo sabía así porque fue quien me lo exigió, me miró, tomó el sobre que arrojó sin importarle y me dijo ‘ya sabes para lo que viene de tu vida, sé responsable’. Tuve once de nota.

En Trujillo…


(Versión incompleta)






viernes 23 de diciembre de 2011

Es tiempo...

Nadie sabe lo que pasará mañana, pienso. Sí, mañana es nochebuena, me dirías.

Hace poco pensaba que podía ser como superman, hoy creo que la kryptonita está barata y la encuentran en cualquier lugar y ya no puedo ni ser tan fuerte ni ver tan lejos en la distancia.

Hace menos de un mes quería que llegara la Navidad, porque la fecha me gusta desde siempre y lo único que desearía más que un regalo es estar en donde tengo los mejores recuerdos, con las personas que me hicieron reír, aun en los tiempos malos. Hoy estoy en Lima, donde la única Navidad que pasé casi no la recuerdo porque era pequeño y porque días después un suceso triste en la familia borró el disco y dejó otro que todos quisiéramos olvidar. Además estoy acá por una emergencia, hace poco papá se puso mal y tuvimos que cambiar todos los planes de una Navidad en el norte.

Unas pocas semanas atrás planeaba hacer un regalo especial (nunca planees me dijeron, es de mala suerte. Quizá sí lo sea), como los que ya no he hecho hace muchos años, porque quería decirte que me gustaba estar contigo. Hoy solo sé que prefieres mil veces un perro porque da más cariño, eso dices al menos.
Estos días he pasado por varios lugares que me traen recuerdos, la mayoría no tan buenos porque debí tratar mejor a algunas personas, debí ser más maduro pero tenía menos de dieciocho y en algunas otras sabía que no debía ser egoísta y quitarle las oportunidades a las demás personas, sea como sea elegí por alguien más y al final también estuvo mal.

Son fechas emotivas, todos dicen que haya felicidad y amor. He pensado que muchas veces el amor se esconde (porque no se pierde como creen algunos) entre los temores y miedos que tenemos. Nos cuesta tanto decir "te quiero" en vez de "no quisiera que existas". Entonces para excusarnos y decir que dejamos algo o a alguien, le echamos la culpa de algo, de cualquier detalle. Se supone que luego diremos "fue porque me hizo esto". Así sea una tontería o algo pequeño, ahí está y lo hacemos un mundo, es el motivo para no continuar, para decirnos que "ya no nos dañaremos" porque me hiciste daño. Pasará el tiempo y solo será lo del inicio, miedo a no saber qué pasará.

Y entonces ¿sabes lo que pasará mañana? Sí, es nochebuena y es un día más, donde no importarán los regalos que des o los que recibirás porque esos quedan ahí nomás, se gastan, se terminan, pasan de moda, se esfuman. Creo que va más allá.

No sé que será de mañana, solo puedo creer que la esencia es lo que queda cuando piensas que la fragancia ya no está.

No niegues un abrazo o no dejes de decir un "te quiero". Sea el día que sea. Así estés mal, creo que es lo único que no tiene pierde y que no interesa saber primero "qué pasará" si lo dices.

Que la pasen muy bien, ya es Navidad hace mucho, aun antes de las decoraciones y villancicos, si sabes que en algun momento sentiste alegría, ahí está. eso es, no hay nada que adivinar.




domingo 27 de noviembre de 2011

Partida sin aviso.


— ¡Quédate y en la noche salimos que hoy estoy ‘guapísimo’! — Me dijo como tantas otras veces. El ‘chino’ era de los amigos que admiraba por siempre tener una sonrisa en el rostro que reflejaba una vida sin preocupaciones. Supuse siempre que tenía mucho que ver su origen, ‘en Iquitos salimos cuando sea, a la hora que sea y hay amigos y amigas para hacer una fiesta’, recuerdo que contó alguna vez. Nunca dudamos de eso, él era quien animaba y estaba listo para cualquier ocasión. Mientras todos estábamos preocupados por los exámenes que venían, él podía encontrar la broma y la risa perfecta para cambiar un ambiente tenso.
 

—Solo vine de pasada, viajo hoy mismo, pero podemos quedar para un fin de semana salir con la gente de la ‘promo’, hace tiempo que no nos juntamos —Le respondí, pensando en las muchas cosas que tenía por hacer, en las situaciones por resolver que me dejaban poco espacio para desear diversión. En fin, como antes era yo quien estaba preocupado por lo que iba a hacer y el ‘chino’ estaba súper distendido y esperando que llegue la noche para ver qué podía haber para pasar un buen rato con los amigos.


—Ya pues, pero igual voy a ir a una feria que hay cerca de donde estás viviendo, a ver si ahí nos vemos para tomarnos unas cuantas ‘chelas’, ya no falta mucho, estaré el día central—.


—Claro, seguro voy. Ahí sí, tiempo tenemos de sobra al fin y al cabo, ¿no? —Seguimos conversando mientras almorzábamos, yo tratando de no pensar en que tenía que viajar en unas horas para resolver asuntos personales, de esos de a dos pero en los que intervienen más de tres, y que los días siguientes iban a estar difíciles; el ‘chino’, muy relajado contándome que había renunciado a su trabajo y se había dado vacaciones por unas semanas, ‘porque hay que darle distracción y descanso a la mente’. Todo con ese acento ‘charapo’ característico que le ponía el cartel de divertido, relajado y buena gente. Ese día nos habíamos encontrado por casualidad en un centro comercial, su voz era inconfundible, me llamó desde varios metros de distancia, y en ese momento recordé que el amigo con quien más había coincidido los últimos tiempos luego de la graduación había sido él y que en cada ocasión me había dado un número de teléfono celular distinto, ‘es que sabes que hay que cambiar de modelo según como avanza la tecnología’. Me tendrás que llamar para acordar, le dije cuando apuntó mi número en una servilleta.

Avanzada la tarde, luego de conversar y reír con las anécdotas de los amigos, fuimos a ver una película que estaba en estreno, más porque insistí en mi búsqueda de relax que porque fuese algo que quisiéramos hacer. El ‘chino’, en short deportivo y con ‘El Comercio’ bajo el brazo —que dejó sobre la mesa donde almorzamos porque solo quería la revista ‘Somos’, ya que la sección de empleos podía esperar otro día más—,  fiel a su estilo olvidó todo lo que tenía que hacer para pasar el tiempo con un amigo, por reír y hacerlo reír. En este momento diré que mis anteriores viajes a Trujillo habían sido experiencias desastrosas y esos días no eran los mejores, no hubo mejor persona para encontrar, me dije al regresar por la noche en el bus.


Días después chateando en el Messenger quedamos en vernos en la feria patronal de la que habíamos hablado, pero nunca llegó, no nos vimos. Era diciembre y entre todas las reuniones y fiestas que hay para esas fechas el tiempo pasó rápido entre una y otra cosa. Luego el verano obligó a estar en la playa, con menos atención en internet,  y dejé que el Facebook  me ayude con la tarea de hacerme recordar las fechas de los cumpleaños de los amigos. Entre ellos la del ‘chino’ en febrero, y le dejé un saludo publicado en su muro, ya que no lo encontraba en el chat, ni para navidad, menos en año nuevo. ‘Deben estar buenas’, imaginé.


Una noche, días después y con un clima coincidentemente tenso a nivel personal, recibí una llamada. Era un amigo de la universidad que me decía que ya no podíamos reunirnos como antes, que también había esperado la llamada del ‘chino’ para oírle decir que por su cumpleaños estaría ‘guapísimo’ y que habría fiesta, desde días antes y hasta días después como en Iquitos. Y que bailaríamos y terminaríamos ‘bo-o-rra-chitos’. Me dijo que todo se había cancelado desde diciembre y que tan solo leyendo el mismo muro del Facebook donde habíamos publicado el saludo de cumpleaños nos habríamos enterado que el ‘chino’ se había ido muy lejos. Pero que esta vez no volvería para hacernos reír, para animarnos la fiesta, para alegrarnos cuando todo parecía difícil. Mucho menos para hacerme cambiar de clima.


Y no lo puedo creer hasta hoy, he regresado a Trujillo recientemente y he volteado varias veces a mirar por si estás por allí, relajado, sonriendo. He deseado que nos encontremos para que quedemos en reunirnos para ir a divertirnos con los amigos. He deseado escuchar esa voz alegre de acento ‘selvático’ llamándome desde lejos. Pero ahora sé que tiempo no hay para todo y tampoco de sobra.

Q.E.P.D "Chino".

martes 11 de octubre de 2011

Una ventana en el cielo


Érase una vez un atardecer en la playa, ella queriendo captar una imagen para guardarla en su cámara, él ayudando a que quede grabada en su mente [… ]

Llegaban luego de un corto viaje en el cual no dejaban de abrazarse; caminaban hasta donde el horizonte se dibujaba, ahí podían sentarse a conversar y reír. Estando en aquella banca del malecón mirando el atardecer podían olvidar que venían de un lugar donde muchos no los querían ver juntos [… ]



Esa banca frente al mar los transportaba a un sitio distinto, tal vez en las nubes o en medio del inmenso mar, un lugar donde hacer algo nuevo sí era posible, donde nadie se fijaría en los demás porque el paisaje sería lo más grandioso [...]

¿Has visto el cielo? ¿Has visto el color que tiene? —Le dijo para hacerlo abrir los ojos y mirar al frente. Él vio el horizonte como despertando de un trance, había estado concentrado recordando los momentos que vivían juntos en el tiempo que podían.

Y parece que el mar y el cielo se juntaran. Se reflejan los mismos colores y son como uno solo. —Respondió él que había estado muchas veces ante el mismo cuadro pero que no había notado lo que ella le haría ver con detalle.

Sí, ¿pero has visto ese espacio de donde sale una luz? —Le respondió sin dejar de ver al cielo, donde se abría un espacio entre los colores rojos, anaranjados, grises, morados y azules que se mezclaban en ese momento.


Ambos miraron al espacio que estaba entre el cielo y el mar. De entre las nubes que estaban con diversos matices del atardecer aparecía una luz que bajaba hacia el mar, era como una ventana que se abría y a la que nadie más tenía la suerte de poder ver, solo ellos dos. Ella trataba de obtener la mejor imagen con la cámara, quería recordar ese momento, tenerlo de alguna manera para toda la vida.


¡Hola jóvenes, buenas tardes! ¿No se te antoja un chocolate para que le regales a tu novia? —Dijo sonriendo una anciana que siempre caminaba por todo el malecón ofreciendo golosinas y bebidas [...]


¿A cuánto el chocolate? —Dijo devolviéndole la sonrisa y sacando unas monedas del bolsillo. Pensó que también miraba el paisaje pero no lo hacía, tal vez eran muchos los años que aquella anciana había mirado al cielo y al mar, habían sido muchos los paisajes bellos y ya no le sorprendía. [...]


Esa ventana en el cielo era como un portal hacia otro mundo ¿Por qué no ir?, pensaron. Y se tomaron de las manos, cerraron los ojos y se besaron. Al estar en otro mundo se vieron tal cual eran, dos personas deseando vivir en paz, diciéndose la verdad, aceptando tener muchas imperfecciones pero que tenían la voluntad de apoyarse para ser mejores. [...]


Estuvieron así buen rato hasta que la noche cayó y solo quedaban los faroles del malecón acompañándolos; atrás la iglesia y el parque donde se sentaban, delante el mar oscuro y el muelle cortándolo, por momentos la luz del faro apareciendo para recordarles que el mundo seguía dando vueltas y que el tiempo existe. [...]


¿Sabes que te quiero, verdad? ¿Sabes que no hubiese querido a ninguna otra persona para compartir este momento? —Pronunció él a su oído con sinceridad. [...]


Recordaremos este momento en el futuro, ¿crees que volvamos a ver estas tardes como una película en la mente y que sentiremos lo mismo que hoy? ¿Crees que nos de nostalgia y quizá nos ponga tristes de no saber si se volverá a repetir? —Le preguntó ella, dándose vuelta y mirándolo a los ojos.



Los recuerdos importantes son los que te hacen sentir algo, sino no serían nada. Pasar de lo triste a lo feliz o al revés es algo que se hace más rápido de lo que se piensa. Cuando recuerdes y sientas que estás poniéndote triste voltea tu recuerdo. Haz que sea un recuerdo feliz. —Él respondió sonriendo y creyendo en sus palabras, la besó, porque no deseaba nada más en ese momento.


En una banquita cercana alguien miraba la escena y sonreía, pensaba que como aquella imagen de dos chicos enamorados frente al mar mirando el anochecer se repetían todos los días, pero que si el mundo tuviese más actos como ese sería un lugar mejor [...] 

Miró a la pareja que seguía abrazándose frente al mar, se abrigó y se cubrió la cara, nunca se quedaba hasta tan tarde en el malecón, tomó su cochecito con las golosinas y regresó a casa deseándoles una vida libre y feliz.




[Versión corta de un cuento que tenía guardado para este día. Un pequeño detalle que no se puede tocar, ni oler, pero sí sentir y tener en el tiempo... ]




lunes 12 de septiembre de 2011

Convenciones para/con-vencer



UNO.
‘Mantener’ es la palabra que utilizó alguien ―con varios años de edad más y que me acababa de conocer― para hacerme ver que no soy un chiquillo de diecisiete años caminando con zapatillas y jeans, el cual no tiene ni idea de cómo se mueve el mundo y menos aun lo que es una relación de pareja. Se puede pensar que los años de edad son los que dan responsabilidad, los que siempre son la medida para la experiencia. Lo comprendo, es lo convencional, se piensa así, pero no todas las veces se aplica la regla y hay niños y mujeres abandonados o golpeados por ‘señores’ que han vivido mucho, demasiado.


DOS.
Creo que el género no es quien ‘mantiene’, porque de ser así tendría hijos ‘embarazándome’ cuando quiera mantener, el mundo es distinto y se comparte, también eso. Pero aun no se escucha con frecuencia en la calle que la libertad de género incluya que tanto hombre como mujer sean responsables, sino que el hombre que no lo fue como para comprar condones sí lo sea al momento de comprar pañales.


TRES.
Por mucho tiempo me he negado vivir dependiendo de una rutina, aunque a veces sienta que se cae en eso sin poder hacer nada para remediarlo. Cuando se tiene la oportunidad de romper esa línea se disfruta y se amarga el momento de solo saber que es temporal y fugaz como un fin de semana. Para todos les resulta mucho más fácil quejarse de la rutina del trabajo que hacer el mismo trabajo. ‘Si no me quejo no trabajo igual’, parecen pensar y continúan.


CUATRO.
Lo que a todos les parece normal es que hay que salir a trabajar ocho horas ―en el papel― con un traje y zapatos (y si se puede trabajar en un banco), solo así se es parte de la sociedad. Me habré equivocado en pensar lo contrario quizá y así se es feliz.


CINCO.
La mayoría está de acuerdo en que cuando no es prioridad trabajar en oficina y sí lo es escribir, cantar, pintar, o estar en cualquier locura propia de ‘personas extrañas’, pues, se está demente y perdido. Una cosa más que la otra, pero ambas consideradas parte de un grupo con el que solo se conversa, se escucha, se envidia secretamente y se escapa para no ponerlos de ejemplo a los niños.


SEIS.
Querer a la pareja es para la mayoría proyectar una casa, dibujarla grande y con todas las comodidades que se pueden imaginar, si no es así pueda ser que estés jugando o te jueguen luego. La billetera manda, sí. No preguntes ni que te pregunten si la quieres o te quieren, respóndete si tienes cómo darle la vida que sueña o que su madre ―tu suegra― le enseñó a soñar.


SIETE.
Para muchos terminar una relación es perder. Les preguntaría qué hicieron mal para pensar así, qué fue lo que estuvieron haciendo mientras entonces si no vivieron nada. Romper una relación es alejarse e intentar vivir otras realidades porque algo no funcionó de a dos, esos dos. Lo que se vivió no se pierde. No, la parte del dolor tampoco y es la que se sigue recordando aun pasados los años.


OCHO.
Algunas personas creen que ser competitivos es ver rivales por donde vayan y que deben ganar a pesar de las consecuencias. El verdadero sabor de la victoria está en no haber inventado un rival, sino en vencer lo que ocurre en el momento menos pensado y que el saldo no diga que dañaste a otra persona indefensa en el camino.


NUEVE.
El mundo te enseña que debes hacer de todo para conseguir lo que quieres, aun a costa de alguien más, estamos en una guerra que considera y aprueba ‘daños colaterales’, así les llaman. Me resulta como llevar una granada en las manos la cual tengo que decidir hacerla estallar en campo enemigo estando con mi tropa cerca, a pocos metros. En una guerra al final todos salimos dañados.


DIEZ.
Es cierto, lo que todos creen, o creemos, va de acuerdo a cómo vamos viendo girar un ‘mapamundi’ que nos pertenece. Aun quiero divertirme, ser yo mismo y molestar al mundo. Quien quiera arriesgarse a estar cerca, que esté consciente de esto.

lunes 22 de agosto de 2011

Entrevista a la poeta Karina Varcárcel


Karina Varcárcel es una joven poeta que nos acompañará en esta segunda edición del Festival de poesía en Chepén. Tiene dos publicaciones, una de ellas "Poemas cotidianos" (Casatomada, 2008) y la otra a quien puso el curioso nombre de "Una Mancha en el Colchón" (LustraEditores, 2010).

Accedió a pasar la entrevista que hice por correo electrónico y aquí tenemos el resultado, ¡atentos!:



Cae: ¿Qué recuerdas de los días del colegio, con ese tipo de enseñanza solo para memorizar (en mi caso) y de las clases de literatura en especial?
Karina: Recuerdo que no me gustaba leer los títulos propuestos en las aulas. Para mí eran bodoques incomprensibles, ideales para matar ratones, nada interesantes. No le puedes pedir a una niña de sexto de primaria que lea La Iliada y lo disfrute. Recuerdo además que escogía mis propias lecturas y en base a eso presentaba los informes para el colegio. Desde ya me gustaba escribir, pero intentaba cuentos y no poemas, en el colegio ciertamente te enseñan a paporretearte un poema pero no hacen énfasis en que el alumno comprenda el texto o cree los propios.



Cae: ¿Qué te gustó y qué no de esa enseñanza?
Karina: No lo sé, en ese momento creo que pocos niños reflexionan sobre la calidad de enseñanza. Esa es una tarea de los padres. A mí me gustaba ir al colegio, nunca me tiré la pera.



Cae: ¿Recuerdas algún poema que te encantara cuando eras niña?
Karina: Claro, “Sonatina” (mi madre me la leía de un libro de pasta verde llamado "Cortaviento" donde también venía el poema en forma de pájaro de Eielson y algunas adivinanzas de Arturo Corcuera) y “La niña de la lámpara azul”.


Cae: ¿Desde cuándo es que te nace la pasión por la poesía?
Karina: Escribí poesía desde la época escolar. Me gustaba leer (libros escogidos por mi ya lo dije) y dibujar, a veces para acompañar el dibujo escribía algunas líneas. Supongo que eso inició todo. Los primeros textos creados fueron cuento. Creo que es poco probable que alguien empiece a escribir poesía como primera opción, ya que como público estamos más familiarizados a la narrativa, desde chiquitos nos leen cuentos de hadas, pocos padres compran o leen libros de poesía a sus hijos.


Cae: Y en ese camino, cuéntanos cómo fueron tus inicios escribiendo.
Karina: No sé, no tengo muy claro cuál fue el inicio. Creo que tengo muy marcada la sensación de los quince años y desde ahí cuento generalmente. Escribía de forma compulsiva, sin tener mucha conciencia de lo escrito. Ahora es distinto, escribo mucho menos, reviso mucho más y extraño el estado de antena parabólica.


Cae: ¿Qué recuerdas de tus primeras poesías o escritos?
Karina: La asociación creatividad/sufrimiento. Es un cliché espantoso, pero no por eso deja de ser auténtico. Además, eso es al principio. Luego te das cuenta que nada es tan terrible y el sufrimiento decae, por lo que buscas nuevas fuentes. O al menos así sucedió conmigo.


Cae: ¿Cuál es tu mejor momento para escribir? ¿Qué requisito tienes como indispensable para empezar a escribir?
Karina: El mejor momento para escribir es cuando sientes que el texto empieza a caminarte por el cuerpo, ahí me digo: Vamos a hacerlo correr.

No tengo requisitos, salvo tener un papel y un lápiz o algo similar.


Cae: ¿Cuál es tu inspiración?
Karina: La inspiración ahora es un momento menos frecuente. Lo último que he escrito es producto de observar e interpretar, es casi un ejercicio de dibujo, de encontrarle el ángulo al bodegón.

Cae: ¿Tienes reglas específicas para tus poemas?
Karina: No.

Cae: ¿En qué medio escribes, un papel, una computadora, lo grabas en audio?
Karina: Escribo sobre papel o cartulina, siempre a mano alzada.

Cae: ¿Qué sabes o qué imaginas de Chepén?
Karina: No se mucho.

Cae: ¿Qué esperas del Festival?
Karina: Espero que sea igual de bonito como me han contado amigos que ya estuvieron participando. Espero que la interacción con el público sea fluida y despertar interés por la lectura, en especial de poesía que es una rama menos acogida, a pesar de que Perú es un país de poetas.

Cae: Y para terminar la entrevista ¿Qué les dirías a las personas que aun no se animan a escribir o a leer poesía?
Karina: Que no lo hagan. Pero que lean algo de provecho, que se olviden un rato de la sección espectáculos y repasen la sección culturales. Que apaguen la tele unas horas y cojan un libro, sea de cuentos, poesía o una novela. Que entren menos al facebook y más a las bibliotecas. Que escribir no es para todos, pero leer es un deber y un placer delicioso. Que nunca es tarde para hacer lo correcto.