viernes, 12 de febrero de 2010

Papá Juan y sus 100 años

Ya es 12 de Febrero y para él han transcurrido cien años pero al parecer no se le ocurren tan increíbles como a todos nosotros que lo vemos lúcido como un abuelito de menos edad. Será que la vida actual no tiene tantas expectativas y que cien se nos hace imposible de repetir, o que la vivimos con menos alegría, no lo sé.



Hoy le pregunté al oído por el cambio que experimentaba, de la mañana a la noche, la sala de la casa que se hizo pequeña con las personas que iban llegando de lejos para celebrar su cumpleaños. Solo sonrió, se encogió de hombros casi como un niño y me dijo imitando a un cumpleañero sorprendido:

— “Sí, pues”. —Muy tranquilo y contento.


Estos días previos han sido complicados para la familia, un acontecimiento sin precedentes como el que vivimos encierra muchos significados que aun estamos descubriendo. No basta con el tiempo de preparación y con muchas manos apoyando, siempre hay algo que falta o que se puede hacer mejor.

—Y si es para el “profesor Meza”, con mayor razón. —Nos dirían.




Porque esta fiesta sobrepasa nuestros límites y capacidades tanto como el buen recuerdo de muchos de sus ex alumnos en la provincia y fuera de ella, que pudieron aprender educación física y arte con él. Todos los que lo conocen quieren saludarlo, ¿cómo decirles que no?, pero lo que más nos apena ¿cómo invitarlos a todos uno por uno y compartir esa alegría tan grande?


Y así como se nos pasaron muchos detalles, por ejemplo dejé la biografía que me encargaron (léase, “porque en la familia, tú escribes”) sin hacer. Por falta tiempo; por terminar los trabajos de mi profesión que son los que me dan la plata que a veces ni me interesa y ni es tan importante; por estrés; porque no es mi estilo al escribir; porque no es que me siente en la laptop y empiece a hacer un texto cronológico así de fácil. O tal vez porque quiero hacer algo distinto que sea lo que recuerdo y no lo que quedó en un archivo que casi todos conocen. No lo sé muy bien.

Lo que sí puedo saber es que mis momentos a su lado son innumerables y son inspiración infinita, me han enseñado a vivir. Papá Juan es una gran historia para contar, puede ser un lindo cuento de relatos, podría originar otros ficticios, es un regalo de Dios. Él mismo me contó que llegó a la costa luego de un viaje increíble y esforzado de su madre, que lo trajo en sus hombros durante días, así como muchas mamás llevan a sus hijos en la sierra, amarrados a la espalda. Sofía —la bisabuela— y Delia se iban turnando en esa labor, en la búsqueda de un futuro mejor, que sin duda, cien años después, se sigue cumpliendo en la costa, en Chepén.


De niño, siempre juguetón, correlón y trabajador. Caminó sin zapatos o con unos muy gastados y su canastita de frutas, vendiendo y ofreciendo sin dejar de jugar con sus amigos. Recorría kilómetros, muchos de ellos al día, entre el todavía pueblito de Chepén y la cercana Guadalupe para tener unos centavos que ayuden a mamá Sofía a preparar la comida diaria. Sin reclamar, sin pensar que su niñez e infancia se iban diluyendo en esa labor.


Trabajó como zapatero pues, como todo muchacho ya adolescente, tenía que aprender un oficio y lo hizo bien pasando de asistente a maestro. Se enlistó en el ejército siendo muy joven y sin miedo aceptó ir dejando a su madre, pero pensando en ofrecerle una mejor vida al regresar, así como prometiéndose que volvería por el amor de su vida, Angélica.


Regresó luego de unos años habiendo cumplido su deber con el país y siendo Licenciado del ejército, esto lo ayudó para ingresar a trabajar como profesor de educación física y hoy debe ser el más antiguo de la región. Pasó por muchos colegios en Pacasmayo, en San Pedro de Lloc, en Huánuco, en Chepén, de allí que muchas generaciones lo conozcan y lo quieran por sus enseñanzas siempre correctas, por su apego al arte y al deporte, que tuvo muchas alegrías en el basket con sus “Halcones Negros” de toda la vida.


Muchas de esas etapas las saben mis tíos o sus amigos y los hijos de estos. Y también muchos de sus alumnos que lo estiman. Pero yo no existía aun, de mi niñez a su lado puedo recordar cuando me cuidaba y me tomaba de su mano, cuando me regalaba toda golosina que quería y toda gaseosa. ¡Qué ricos eran esos chicles! ¡Qué buen sabor tenían esas colas y esa soda!


También recuerdo cuando me quiso enseñar a pintar, a dibujar. Era muy pequeño aun para eso, pero su diabetes avanzaba y seguro sabía que con el tiempo tendría una ceguera que haría inútil algún intento por mostrarme ese mundo de colores, de carboncillos, de lápices, de acuarelas, de proyecciones, de puntos, de bodegones. Hubiese sido bueno aprender, es mi deuda, no la de él.




Pero no quiero escribir una biografía, me quedaría corto y quizá ese sea el motivo adicional que me faltaba explicar, no puedo hacer algo que no termine. Yo solo quiero tener presente al hombre que me llevaba con él al mercado a hacer las compras para su bodega y que se reía y se bromeaba con todo el mundo sin diferenciar. Al hombre que me enseñó a entretenerme viendo el Chavo del Ocho o el Chapulín Colorado, o quizá a Los Magníficos. Que me mostró un mundo sencillo donde el buen humor hacía la diferencia.



Al Papá Juan que me dejó enseñanzas de las cosas simples de la vida y que me las sigue dando cuando sonríe y bromea, como debe haberlo hecho por cien años. Que me sigue ofreciendo un universo tranquilo donde cada vez que cierro los ojos encuentro los cuentos, las palabras, los sentimientos para ponerlos en composiciones. Al papá Juan que me sigue diciendo con el ejemplo que todo lo que te den con cariño se debe agradecer.

Hoy cumple 100 años, lo saludo, lo abrazo, le digo “feliz día papá”, me mira con su ánimo a cien por hora, me sonríe cien veces, y me repite otras cien, “gracias mi cholito Cae”.



martes, 9 de febrero de 2010

Someday


No dejo las notas donde siempre donde todos
porque lo fácil es lo que se va diluyendo rápido
y lo que está a la vista es lo que no se ve en verdad.
Quisiera que seas de otros tiempos atrás
o del futuro que tampoco se sabe si existirá
porque nada de lo que se escribe hoy es para firmar.


No explicaré, hoy no.
Quizá cuando el tiempo pase.
No intentaré, hoy no.
Esta noche dormir sin pensar hace,
que despertar sea mejor.


Dicen que puedo ser una caja de sorpresas aun
debo estar un poco loco al dejar rastros al aire
que quisiera que descifres sola contando noches.
Desearía que seas de otros tiempos atrás
con espacio claro donde las nubes irán
para cubrirte de cualquier tempestad frente al mar.

jueves, 4 de febrero de 2010

Pintando revoluciones


Hace unos días atrás se iniciaron unos trabajos necesarios en la casa que, como cualquier persona, pedía unos arreglos para verse mejor. Se vienen los 100 años del abuelo y tiempo ha pasado sin que se renueve la pintura. En momentos así, festivos y de centenario, todo se desea presentable, debe serlo, se quiere que los colores digan que seguimos vivos y más aun, contentos.


Pero para conseguirlo, en ese proceso laborioso en verdad, el pintor tiene que disponer prácticamente de la casa entera, teniendo potestad absoluta para quitar, para mover, para colocar una cosa sobre otra, hasta dejar todo hecho un desastre. Debo reconocer y repetir que, el trabajo es arduo, ya la vista final te hace olvidar esos previos, pero lo he vivido en carne propia, recuerdo que una vez, hace algunos años, me encargaron pintar un cuarto pequeño de la casa y la vi fácil. Error grave, terminé todo pintado, sucio, oliendo a corrosivo y esmalte por varios días, además de agotado y sin un resultado satisfactorio, renuncié a seguir con el favor que consistía en más espacios por pintar.


Entonces al inicio, luego de haber decidido pintar la casa, todas las cosas se salen del lugar donde las sabemos ubicar, no encontramos lo que necesitamos a la primera, pregunto por algo y nadie da razón — ¿señor pintor vio donde quedó mi taza para desayunar?—, hasta caminar se hace difícil porque se puede chocar con un balde de corrosivo o la escalera. Estrés.


Cuando se quiere renovar algo primero se pasa por un proceso de desastre interior, ¿no? Cuando se siente que se debe cambiar, instintivamente se inicia rompiendo lo que se da por inútil, por excesivo o dañino, se van lijando y raspando las capas de las anteriores pinturas para poder poner la nueva. Se quita lo inservible y pasado. ¿Te das cuenta que a veces tratas de solo maquillar algo, de pintarlo pero sin sacar la capa anterior? ¿Queda bien el trabajo luego? Creo que no es lo mismo. Resanar es una cosa y renovar otra. Pero decidir hasta qué punto se harán los cambios es el tema, un riesgo porque no se sabe si al final se eligieron bien los matices que se llevarán en el futuro.


Ahora mismo la casa es una revolución amarilla, lo digo por el color elegido. Una revolución que intenta cambiar, dar otra cara a la casa. En algunos sitios ya el trabajo está terminado y se nota el cambio, algo más fresco, nuevo. No se quiere ni tocar las paredes para no mancharlas.


El estrés irá pasando a medida que la pintura vaya secando, con ella nuevos colores quedarán y eso ayudará a la intención de vitalidad. Así pasa cuando nos decidimos a cambiar los colores de nuestros paisajes diarios, ¿no? Toda una revolución, no amarilla quizá.