sábado 17 de abril de 2010

Un poco de arena

¿Sabes cuánto pesa una lata de arena? Mucho más de lo que alguna vez pensé.

Tengo los dedos adoloridos de solo cargar por unos metros el saco con la lata de arena que fui a comprar. Lata es la medida —Porque así se vende, cuesta un sol—, me dijo el señor que tiene la cantera, cerca del centro de esta pequeña ciudad que nació y creció sobre las arenas que tiene un cerro en su falda. Recuerdo que hace muchos años se podían ver, ahora ya no, muchas casitas, casi todas precarias, las tomaron y las utilizaron para hacer junto con el barro y el agua, paredes y más paredes.


Muchas personas trabajan cargando estas latas en las construcciones, los he visto durante años. Arena, arenilla, piedras, cemento, las mezclas, etc., lata por lata sobre sus hombros, bajo el sol, en la noche, de subida por una rampa improvisada. Ya voy sabiendo cuánto pesa una lata de arena, nunca es tarde para aprender.


Imaginé que una lata no era nada en peso —pedí de la más “finita”— y casi quedo plantado en el piso, por lo menos el saco donde me pusieron la arenita no se movió muchos centímetros. Decidí no mirar al señor que me la vendió, su sonrisa hubiese sido muy jocosa (y “rochosa” como decimos ahora), aunque debió saberlo desde que me vio llegar, mis fachas lo hicieron levantar la mirada y decir “es para el baño del gatito”. Lo cual era totalmente cierto.

Ahora “Nero”, quien no tiene idea cuánto puede pesar una lata de arena, podrá disponer de ella con completa tranquilidad. A solo un sol aunque en verdad valga más que eso.

domingo 4 de abril de 2010

Una tarde donde acaban los días de playa


Carlos mira por su ventana el cielo anaranjado que poco a poco va cambiando de color y sigue oscureciendo todo alrededor. Sabe que ya el tiempo pasó y que hay momentos así, del final. Es domingo, pascua de “resurrección”, pero eso no resulta importante para él, tan solo le parece un título más de los que no van con lo que la realidad muestra.


—Es una tarde donde se acaban los días de playa y de libertad. —Recuerda con nostalgia.


Carlos piensa que muchas cosas podrían suceder hasta el siguiente verano, que no todo estará tal cual hoy; ni sus sandalias ni los shorts, ni el bloqueador solar, los que tendrá que guardar; ni la arena en los pies y la vista al horizonte tan inmenso como las ganas de vivir sin reglas.
Recuerda que hay cosas que no llegó a realizar, que las deseaba pero no pudo, que en su momento dejó ir, lamentando no tener la suerte en ese instante. Pero entiende que parte de la vida es dejar escapar, dejar escoger, tomar decisiones sin quitarle las propias a los demás. Y que las oportunidades se intentan, sin golpear a alguien más.


—Es una tarde donde acaban los días de sol y de libertad. —Respira sin dejar de ver al horizonte entre cerros que cortan el color que da el próximo crepúsculo.


Carlos escucha la misma música que hace años atrás, es la que más le gusta y con la cual se siente acompañado. Así puede imaginar que el día después de esta noche no será tan difícil y que oportunidades nuevas existirán. Entiende que hay cosas que se terminan pero que otros tiempos llegan y que se deben valorar. Sabe que muchos de los sentimientos que experimenta en este momento tienen su origen en la nostalgia de las vivencias de su niñez. Se extrañan los días y noches que se viven en lugares pequeños que mágicamente van construyéndonos un mundo donde queremos volver cuando hay libertad.


—Es una tarde que cae rápido, pero todavía después de las seis, a la que nunca quiero llegar, pero la vida es así, lo sé desde hace mucho. —Dice para sí mismo cerrando los ojos ya casi en la oscuridad.