jueves, 16 de agosto de 2012

Más que un simulacro


Simulacro de sismo.
“Se estima por ejemplo que en Lima los muertos y desaparecidos, si ocurriese un sismo de grado 8, serían unos 50, 000 mil. En Trujillo unos 600, 000 mil, casi toda la ciudad”, dicen los medios de prensa.

En la oficina es lo primero que hemos comentado, más aun cuando una parte de los que estamos reunidos viven en el Callao. El miedo de un tsunami y del poco tiempo para poder ponerse a buen recaudo está en la mente. Algo complicado de solo pensarlo, en el mismo momento primero habría que sobrevivir al sismo, luego tener el suficiente resto físico y mental para ordenar las ideas y las cosas para salir.

Segundos, tal vez luego minutos, escasos.

Empiezan a recordar los terremotos que han vivido, yo por suerte solo el del 2007. Por suerte digo, aunque esa palabra no tenga nada de significado como para colocarla en esos eventos.

Cae el silencio, seguro significan recuerdos difíciles.

Desde una de las esquinas habla despacio una compañera de trabajo, dice que le da mucha pena y miedo hablar de terremotos, pienso que quizá por eso ha permanecido callada y dando la espalda durante la conversación.

—Yo viví el terremoto del 70’ en Ancash, o bien, sobreviví. —Nos cuenta con rostro de tristeza y un poco de dificultad al hablar.

Le pregunto si ella nació allá.

—Estaba en la barriga de mi mamá. Ella estaba viviendo allá porque a mi padre lo destacaron unos meses antes como profesor en un pueblito ancashino. Cuando ocurrió esa desgracia mamá iba a dar a luz y lo que vio al despertar, porque en el momento del terremoto un objeto le cayó en la frente, fue a mi papá muerto y mi hermanita de 2 añitos agonizando. Ya se imaginarán que cuando pasan este tipo de noticias se me hace un nudo en la garganta.

Recordé mi viaje a Huaraz. La ida a Yungay, la desolación entre el cielo azul con nubes que parecen copos de nieve. La tristeza bajo la tierra en medio de un paisaje bello. Aquellas palmeras, lo único que quedó en pie…

Todos permanecimos en silencio. Imagino que el mismo que queda cuando ya no hay nada más que hacer.

“Señora, por eso hay que vivir la vida, con esas cosas nunca se sabe”, atino a decirle y es que no hay mucho más por hablar. En esos casos la vida debe reducirse a ser solo segundos de angustia, no se sabe cuándo pasarán y es imposible saber cómo acabarán. Nunca se está lo suficientemente preparado.

Silencio, toma aire, la vida continúa.

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